martes, 10 de mayo de 2011

Cara a cara con el miedo.

Una tranquila tarde del mes de mayo, dos chicas se encontraban en el parque, imaginando cómo una de ellas iba a pasar una primera “cita”, si es que podía considerarse cita, con un amigo al que acababa de conocer hacía poco tiempo. El chico lo conocí hará cosa de un mes, y es amigo de un amigo, así que tenía como intercesor a mi amigo, que era el que me cotilleaba sobre lo que su amigo le decía y pensaba sobre mí.
Mientras planeábamos cómo podía hacer para entablar algo un poco más cercano que una amistad, con aquel chico, me preguntaba si estaba lista para volverle a ver la cara al amor.
No era la primera, ni iba a ser la última vez que me viera cara a cara con el amor, no era una cosa que me produjera miedo, más bien inquietud, ilusión, algo de vergüenza o incluso esperanza por conocer a alguien que pudiese llegar a ser algo más que un amigo en mi vida.
No pienso que al amor haya que tenerle miedo, más bien creo que debemos encontrarnos o ir a su encuentro a lo largo de nuestra soltería.
Pero...
¿Qué hay de los miedos?, ¿existe alguna parte del amor que pueda producirnos miedo?
No sé vosotras, pero yo, dentro de todo lo que abarca el amor, le tenía pánico a la otra cara del amor, el DESAMOR.
Habían sido sido más las veces que el amor había venido a hacerme una visita, que las veces que el desamor venía a despedirse de mí.
Me he enamorado, se han enamorado de mí, he sido correspondida, he dejado a la otra persona en una relación y me han dejado a mí.
¿Y entonces? ¿por qué me provocaba tanto miedo el DESAMOR?
Las pocas veces que el desamor ha venido a despedirse de mí, se ha llevado con él mis ilusiones, mi sonrisa, mi intensa alegría, mis esperanzas de enamorare, de querer y ser querida... Y cuántas otras más cosas.
Recuerdo la última vez que vino a hacerme una visita, hará ya unos tres años, yo me encontraba frente a la estación de trenes de cercanía de mi barrio, y el chico que entonces me gustaba (y que resultó ser mi amor platónico durante los cuatro años del instituto), se encontraba en frente de mí. Era mi oportunidad, estábamos los dos solos y sentí que tenía que decirle lo que sentía en aquel entonces por él. De lo poco que me acuerdo es que me armé de valor y le planté un “te quiero” en toda su cara y que después salí corriendo.
Fue de escena de película, sólo que lo pasé fatal, mis piernas no se movían, y mi boca estaba diciendo todo lo que pensaba, ¡¡y no podía pararla!!
Después me sentí aliviada, pero cuando el desamor vino, se llevó a demás de todas mis ilusiones y esperanzas, su capacidad de hablar conmigo.
Sí, esto ocurrió un viernes, y recuerdo que el lunes ya no me hablaba, y si lo hacía era porque era estrictamente necesario, de hecho, me evitaba por los pasillos del instituto.
Lo pasé fatal y me quedé con la cabeza ida muchos e intensos días.
Yo creí que una vez que te visita, te pasa factura, y te dice “Adiós”, ya no vuelve a acordarse de ti. Me suponía que era como en las series de dibujos animados, con la muerte, ella tiene una larga lista y los va visitando, pero no los vuelve a visitar otra vez. Pero cuando volvió a anunciar su llegada en mi camino, sentí que me arrebataba y me devolvía la vida seguidamente, hasta dejarme sin fuerzas.
Volvió, y parece que el desamor es muy buen actor, porque volvió con el mismo escenario, con una persona a la que conocí en las mismas circunstancias, y que casualmente, se parece mucho a mi amor platónico del instituto, alto, moreno, con unos pedazos de ojos marrones que hablan solos, con increíbles habilidades desarrolladas para el deporte... En fin, del tipo de personas a las que podemos comparar con un bombón Ferrero Rocher, se comen muy pocas veces porque son muy caros, pero están increíblemente buenos, y lo mejor es lo de dentro, la avellana que se fusiona con el cremoso chocolate, y que cruje con la galleta que lo envuelve... ¡Una auténtica delicia! De la que parece que yo no podré disfrutar nunca...
Cuando se terminó la semana de vacaciones de feria, tenía que volver a mi rutina, a mi centro de diversión, lugar de aprendizaje y lugar de ocio y sociabilidad, que en este primer día tras el regreso de las vacaciones, sería algo peor que todo eso, el escenario del crimen.
El lunes tenía que encontrarme cara a cara con uno de mis peores miedos, el DESAMOR.
Y así lo hice, llegué y allí me encontraba yo, frente al actor que caminaba de la mano del desamor.
Sabemos muy bien cómo actuar ante el amor, o bien lo perseguimos hasta que nos quedamos con él, o bien no nos conviene y lo dejamos ir.
Pero...
¿Sabemos cómo actuar ante el Desamor?
Conozco a mucha gente que delante de él, han huido y lo han evitado a kilómetros. Otros en cambio, lo han visto y se han hundido en un mar de lágrimas tras unos días de depresión o la llamaba “bajona”.
¿Y yo? ¿qué se supone que debería hacer yo?
Soy una persona sin orgullo, pero que siente mucho las cosas, y que vive cada sentimiento con demasiada intensidad. Mucha gente considera que soy una persona fuerte y una chica guerrera y luchadora.
Pero a todos nos tiembla el cuerpo cuando tenemos cerca nuestros miedos, y cuesta mucho enfrentarte a él y ser razonable cuando tus 5 sentidos están puestos al 100% en ver por dónde va a venir aquello a lo que le tienes miedo, y que además se impulsa con las fuertes y rápidas pulsaciones de nuestro corazón.
Aquel día contaba con una ventaja, ya sabía por mi experiencia empírica, que el desamor iba a llegar, sabía perfectamente de la mano de quien, en qué lugar, y más o menos el día.
Aunque aún no sabía si iba a estar preparada o no para cuando llegase.
Iba a ser un pulso mano a mano en el que ganaría el más fuerte.
Y...
¿Quién sería? ¿El arrebatador Desamor o mi fuerza de voluntad y amor propio?
El primer asalto casi lo gana él, cuando anunció su llegada con el cambio de actitud y el rechazo por parte del chico, el actor y acompañante.
(Por si no os acordáis, es el segundo chico del que me quedé prendada locamente)
Con él pasé de todo a nada en muy pocos días. Lo compartíamos casi todo y éramos casi como un matrimonio dentro del instituto.
Y cuando por fin el río siguió su cauce, descubrí que sí hay algo peor que el Desamor, el Desamor agarrado de la mano de su novia.
Dos eran mayoría, pero tres... ¡Tres son multitud!
¿Sería yo capaz de enfrentarme a todos ellos y seguir en pie?
La situación llegó a tal extremo, que cuando llegó el lunes yo los esperaba, a él y al Desamor, con una sonrisa que transmitiera ignorancia, completa y absoluta ignorancia.
Hasta ese día me importaba y me preocupaba mucho lo que él pensara de mí o cómo le sentarían mis actuaciones, pero ese día no, había estado toda una semana preparándome para cuando llegara ese día, así que si la ignorancia era el arma con la que contaba para esta guerra, que así fuera.
Y así fue, recuperé incluso un valioso objeto que él conservaba de un momento especial que vivimos, y el cuál le trajo suerte. Pero el objeto era más valioso para mí, que para él. Era algo que me había acompañado en muchos momentos, buenos, malos, y otros especiales.
Así que no pensaba dejárselo a alguien que me había demostrado por completo que ni yo ni nada de lo que le hubiera yo aportado, ya fuera física o moralmente, le importaba mucho o poco más que se importaba él mismo.
Me hubiese gustado tener una conversación con él para aclarar las cosas, pero desde que le dejé caer o le insinué que me encontraba en un momento de capa caída porque sentía algo más que una amistad por él (no fueron con esas palabras, pero se entendió casi perfectamente), todo cambió. Y los actos, dijeron mucho más que las palabras.
Y entonces,
¿Se le puede ganar al Desamor?
Si yo, una persona muy empática, con una fuerte debilidad ante el amor y su cara opuesta, a la que le desequilibran mucho sus propias emociones y una persona que uno de sus mayores miedos es el Desamor, si esa persona, en este caso yo, he podido, seguro que tú también puedes hacerlo.
Todo depende de la persona que viene agarrada de su mano, y del arma con la que cuentes y que haga efecto cuando la empuñes directamente al corazón de ese gran miedo.


Sandra Woo.

domingo, 8 de mayo de 2011

No es oro todo lo que reluce.

Érase una vez, el algún lugar concreto de un pequeño barrio; al que yo considero barrio-pueblo porque aquí los que no se conocen, se conocen por boca de otros; llamado Parque Alcosa, se reunían un grupo de amigos a punto de decidir dónde iban a pasar aquella tarde. Mientras caminaban hacia donde decidieron pasar aquella tarde, surgió un tema de debate:
¿podemos dejar de querer a alguien de un día para otro?”.
Y como todo buen debate, lo acompañaban diversas y opuestas respuestas.
Algunos decían que sí, otros que depende de la persona y de los momentos vividos, otros que si te habían fastidiado bastante era lógico que dejaras de querer... Y entonces yo me pregunto
¿somos capaces de vivir sin amar a nadie? o ¿somos solamente las chicas las que nos implicamos al 100% en una relación y nos enamoramos loca y perdidamente de nuestros príncipes?
Actualmente vivimos en un mundo en el que los príncipes trabajan más que un obrero, viajan más que una azafata de vuelo y a penas sacan tiempo para educar a sus hijos ellos mismos. Donde las princesas no son igual de guapas que en los cuentos, y si lo parecen, tienen una gran amiga llamada “cirugía estética”.
Cuando era pequeña acompañaba mis tardes de una película de princesas; normalmente de Disney; en las que las princesas eran casi siempre campesinas del reino, y el príncipe se enamoraba de ella a los dos días de conocerla. Los vestidos más preciosos que una niña podría imaginar eran largos hasta los tobillos, abombados de tal manera que parecían una campana, pero que curiosamente resultaba muy bello el conjunto, y que seguramente o tenían purpurina o lazos, y por supuesto, unos preciosos tacones de cristal, o rosas, con poca punta...
Pero el tiempo pasa, las épocas cambian, y el estilismo... Se convierte en obsesión por la moda.
Ahora las princesas lo más largo que llevan es la camiseta, y las faldas largas y abombadas, se convierten en faldas cortas y estrechas. Los tacones con poco tacón y media punta, se convierten en tacones que te permiten aparentar que llevas 20 petit suisses de más, y eso de bailar con tacones se queda en el simple movimiento de dejar los pies quietos (no se pueden mover con esos taconazos) y mover el culo y el resto del torso.
¿De verdad hemos dejado de querer ser princesas y enamorarnos de un príncipe, para convertirnos en la fulana del reino y querer magrear al príncipe moderno?
Personalmente considero que la búsqueda de un príncipe, cansa, cansa muchísimo porque no existe variedad de príncipes donde elegir, normalmente nos encontramos con uno, sólo uno, en toda nuestra vida.
¿Y cómo vamos a saber nosotras que ese es el amor de nuestra vida?
A pesar de lo cansina que resulta la búsqueda, y lo desesperante que es la espera, pienso que el querer ser princesas no implica solamente encontrar a tu príncipe ideal, sino adquirir los valores como persona necesarios para ser una princesa, ser lo suficientemente educada, tener una gran belleza, no sólo física, sino, ya que dicen que los ojos son el espejo del alma, estoy segura de que si nos vemos bellas por dentro, nuestros ojos brillarán y nuestro rostro será tan hermoso, como nosotras nos veamos por dentro.
No todas son princesas, pero seguro que tú y yo sí podemos serlo, el secreto está en cómo te quieras ver por dentro, como te veas, será como te verás por fuera.


Sandra Woo.